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Misión de Tiláco: La fe ingenua y el sueño Franciscano

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MISION DE TILACO LA FE INGENUA Y EL SUEÑO FRANCISCANO

Palabra de origen indígena, Tilaco quiere decir “Lugar de Agua Negra” en referencia a la humedad y negrura de la tierra en el hermoso valle y verdes montañas que rodean a esta población, ubicada al oriente del municipio de Landa de Matamoros, muy cerca de los límites políticos con el estado de Hidalgo, en lo que se conoce como Huasteca Queretana. La población novohispana de Tilaco fue fundada en mayo de 1744 por el Coronel Escandón, durante sus incursiones militares en la Sierra Gorda, mientras que la misión franciscana fue concluida en el año de 1758 por el fraile Juan Crespi, hombre que entre sus condiscípulos ganó fama de beato o místico, gracias a su ejemplo de gran humildad. Se cuenta que cuando los misioneros franciscanos buscaban los mejores lugares para ubicar las misiones, al llegar al hermoso valle de Tilaco, Fray Junípero Serra y Fray Juan Crespi coincidieron que “…en este lugar el cielo y la tierra cantan al creador, como pregonaba nuestro Padre San Francisco, dediquémosle a él esta misión”. Quizá por ello esta misión se interprete como el sueño franciscano, la Glorificación de San Francisco de Asís. Y haya sido calificada como el “símbolo de la fe ingenua”.

 La de Tilaco es probablemente las más interesante y bella de las cinco misiones franciscanas de la Sierra Gorda. Situada al pie de una falda cerril, el terreno sobre el que fue trazada, presenta una pendiente bastante pronunciada que permitió un juego de niveles muy atractivo. El piso donde se construyó el templo, por ejemplo, se encuentra nivelado a una altura más baja que donde se construyó el claustro de la sacristía. El atrio igualmente, está dividido en dos partes por medio de un pequeño muro con arcos invertidos y escalera al centro. En la parte superior (frente al portal de peregrinos y el claustro) frondosos árboles derraman amplias y frescas sombras, mientras que en la parte inferior del atrio, la principal frente al templo, la cruz atrial destaca en un despejado terreno cuadrado. La barda que limita el espacioso y singular atrio de Tilaco presenta bellos arcos invertidos y tres puertas barrocamente decoradas. En dos esquinas del atrio inferior se han conservado hermosas capillas-posas donde antaño los frailes predicaban el Evangelio entre los indígenas que no gustaban de entrar al sombrío templo. A diferencia de las otras cuatro misiones, en la de Tilaco su alta y esbelta torre de tres cuerpos, está rematada con una cúpula de media naranja (las otras presentan cúpulas piramidales) y está separada de la fachada por un elemento arquitectónico de transición muy sencillo, dentro del cual se alberga el bautisterio. Al otro lado, entre la fachada y el portar de peregrinos, se encuentra otro elemento arquitectónico similar, que aloja la escalera de acceso al coro. Ambos elementos funcionan como contrafuertes de la iglesia, pero el de la derecha- mirando de frente- presenta un elemento decorativo destacable; se trata de un florón en cuya base aparece un jaguar de evidente connotación indígena. Esto se debe a que los nativos de Tilaco eran muy desconfiados y celosos de todo aquello que limitara su libertad; por eso, además de las capillas posas en el atrio, los misioneros decidieron hacer “una fachada toda ternura y encanto, una fachada para sonreír, amar y soñar”.

Al igual que las otras cuatro misiones, la fachada de Tilaco está formada por tres cuerpos horizontales. Arriba de éstos, sobre una especie de nicho, un gran florón remata la fachada. Para algunos investigadores este florón representa la “tiara” o gorro papal, para otros representa las tres órdenes franciscanas, mientras que para unos mas es un icono de claras reminiscencias orientales. Por otra parte, a lo alto de los tres cuerpos de la fachada se extienden cuatro columnas verticales, diferenciadas en cada uno de los tercios. En el inferior, por ejemplo, las cuatro columnas son del estilo salomónico mientras que en el cuerpo medio se transforman en bellos estípites. Más arriba, en el tercio superior, las dos columnas interiores continúan siendo estípites mientras que las dos exteriores se convierten en ángeles-atlantes, posados sobre igual número de águilas, símbolo repetidamente indígena. Permaneciendo en el tercio superior de la fachada, justo debajo del florón, un fastuoso nicho con dosel, decorado cual balcón, sirve de marco para la escultura de San Francisco de Asís. Encapuchado y con una llaga en el pecho, pero de aspecto risueño, el patrón franciscano destaca sobre un oscuro pórtico de columnas salomónicas y arco de medio punto. Su salida y /o su presencia es celebrada por cuatro ángeles: dos, sentados sobre las columnas, recogen los cortinajes del balcón mientras que los otros dos, un poco más abajo, tocan violín y vihuela. Asimismo, un sonriente querubín que se ubica entre cortinajes, aparecen en el basamento del balcón, bajo los pies de San Francisco, redondeando de esta manera la noble y barroca escena. Bajando al segundo cuerpo o tercio central de la fachada, tenemos una concha romboidal que enmarca la ventana central, la cual a su vez permite la iluminación interior del coro. Alrededor de este ventanal se observan otros cuatro ángeles; dos de ellos, turiferarios, parecen volar para sostener fastuosos cortinajes de borlas, mientras que los otros dos, más abajo, de pie y de frente, sostienen guías de vid de las que cuelgan abundantes racimos de uvas. En los extremos de este tercio, los cuatro estípites antes mencionados enmarcan dos nichos que albergan esculturas de simbolismo complementario. Al lado izquierdo –mirando de frente- se encuentra la imagen de la Virgen María, mientras que del lado derecho se encuentra un sonriente San José que amorosamente carga en sus brazos al niño Jesús, quien le acaricia la barba. Entre el tercio intermedio y el tercio inferior, al centro, dos cornisas multilineales albergan un redondo escudo de la orden franciscana. Dicho escudo coronado por la paloma del Espíritu Santo. Igualmente, a la altura de las cuatro columnas, entre las mismas cornisas aparecen cuatro pequeñas sirenas de larga cabellera que sonrientes, sostienen la base de los estípites superiores. Estas curiosas imágenes mitológicas son símbolo del bautizo, pues están relacionadas a los mitos del mar Egeo y a las aguas del Rio Jordán, donde Jesús de Nazaret fue bautizado. En el tercio inferior o cuerpo base de la fachada, la puerta del templo se halla bajo una concha estilizada (como en Jalpan), mientras que las cuatro columnas salomónicas enmarcan dos nichos. En ellos se encuentran las esculturas (una de ellas sin cabeza) de los apóstoles Pedro y Pablo, pilares de la evangelización y la fe católica. La riqueza estilística de estos nichos se halla en las guardamalletes que parecen sostenerlos en su parte inferior, las cuales se componen de una ornamentación en motivos vegetales que se distingue de lo tosco con que fueron esculpidos.




Fuente: PromoTur Querétaro
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